Martes, 26 de Septiembre de 2017, 01:10 PM
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Ergonomía

Nunca deja de sorprenderme lo permisivo de las autoridades de la CDMX (Marca Registrada), algo que viene desde los peores tiempos del PRI, cuando el regente de la Distrito Federal, era designado por el dedazo del presidente.

Desde hace más de veinte años el transporte público concesionado es una vergüenza de la ciudad y lo es no sólo por el pésimo servicio que brindan, tampoco por el desprecio que tienen los concesionarios por la vida de los pasajeros, o por la ignorancia del reglamento de tránsito. No son las carreritas por ganar pasaje, ni que hagan base donde se les pega la gana, como no los es el hecho de que se detienen a cualquier altura de calle a levantar pasaje.

No son los inexpertos conductores; adolescentes oyendo reggaetón que difícilmente pueden tener licencia y corren de manera suicida por las calles de la ciudad. Galanes de cuarta que llevan a una mujer sentada al lado y a la cual le platican sus hazañas como conductor de transporte público y que narradas por ellos resultan más apasionantes que las que pudiera contar Checo Pérez al hablar de su carrera en la Formula 1.

No todo eso es peccata minuta en comparación con la o las personas que pensaron en hacer de transportes de mudanza o de venta de helados vehículos para transportar seres humanos. No por qué esto sea imposible, sino porque el ingenio de estos diseñadores industriales, en el mejor de los casos, crearon a un ser humano que ni las más retorcidas mentes de la ciencia ficción o de la inteligencia artificial pudieran imaginar para llenar estos vehículos de pasajeros.

Iniciamos por la puerta de entrada y el primer escalon para subir al vehículo. El diseñador de estos adefesios avalados por el gobierno de la CDMX (Marca Registrada) pensó que el mexicano tiene la capacidad de las ratas de mover músculos y esqueleto de tal manera que podemos entrar por la estrecha portuezuela de manera sencilla y volver a expandir nuestra naturaleza, bueno, no del todo al entrar en la mal llamada unidad. Hay que decir también que muchas veces el primer escalón del estribo del microbús, se encuentra a tal altura que para los niños se vuelve una divertida aventura subir y para los viejos una tortuosa forma de poner a prueba sus articulaciones. El siguiente reto una vez que se ha introducido uno al interior del transporte es decidir si hacer el trayecto parado o sentado. Ambas opciones presentan su pros y contras. Para una persona de estatura mayor al 1.70 m ir parado se vuelve la mejor opción, pero para una de 1.73 o mas ir parado significa ir golpeándose en la cabeza con los remaches de las laminas que forman el techo, con riesgo de rasguñarse el cuero cabelludo y morir de tétanos antes de concluir el trayecto. O en casos de una altura mayor el usuario comienza a ver la vida desde una perspectiva muy torcida, el problema es que si uno mide 1.67 entonces ya tiene que ir todo el camino de puntillas para poder agarrarse del tubo, claro que puede decidir no agarrarse del tubo lo que provoca que el individuo parezca canica en caja de zapatos.

Ahora sí, el usuario decide sentarse entonces enfrenta una serie de caprichos del diseñador de interiores que haya destrozado el interior de la camioneta, hay quienes decidieron por dos hileras de asientos dobles paralelas al parabrisas del vehículo haciendo de esta manera un verdadero microbús, el modelo opuesto presenta dos filas de asientos en los costados del interior del microbús. Existen todas las combinaciones imaginadas. Claro todas ellas representan un verdadero peligro porque en caso de un accidente la destrucción de los enormes vidrios del vehículo, pueden hacer un verdadero batidillo de rapones y pequeños cortes entre los usuarios. Y por si eso no fuera poco, la altura de estas bancas, asientos o tablas con cojines, puede variar desde los cinco centímetros hasta los cincuenta, lo cual obliga en algunos casos a la persona a poner su cabeza entre sus rodillas en el mejor de los casos y en ocasiones en las rodillas de otros lo que se presta a pésimas interpretaciones.

Las unidades están sucias, mal cuidadas, tienen goteras y ventanas que no funcionan.

Por lo general estos transportes pueden llevar entre 25 y 350 personas dependiendo de la hora, la ambición del chófer y las capacidades de contorsionistas de los pasajeros.

Pero para el Jefe de Gobierno de la CDMX (Marca Registrada) el transporte público concesionado de la capital está muy bien y no importa que se haya pagado ya por lo menos cinco veces desde que comenzó a rodar una unidad, ni que represente un peligro para el usuario, o que los concesionarios tengan como consigna no respetar el reglamento de tránsito. Él tiene que ceder ante otro más de los grupos de presión de nuestra ciudad.

A final de cuentas si para el sordo Jefe de Gobierno, No hay carteles de crimen organizado en la Ciudad, como iba a ir mal un transporte público que a todas luces atenta contra la imagen de modernidad y eficiencia de la ciudad.

Armando Enríquez Vázquez

@cernicalo.

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