Lunes, 26 de Junio de 2017, 07:11 AM
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Nuestro propio Trump.

Nuestro propio Trump.
Por Armando Enríquez  

Nada es más difícil en nuestros días que tratar de ser objetivo acerca de un hombre como Andrés Manuel López Obrador, quien más que ninguno otro de los pretendientes a contender por la presidencia México en 2018 tiene posibilidades para convertirse, por fin, en presidente del país, y no quiero creer en las encuestas, si no en cosas más pragmáticas y reales como las alianzas con las mafias del poder que el presidente de Morena está forjando para lograr su objetivo.
Nada es más difícil porque pronunciar el nombre del tabasqueño y poner la menor critica o sombra de duda acerca de su persona y los motivos que lo llevan a querer ser presidente es inmediatamente desacreditada por un ejército de fieles seguidores que son incapaces de ser tolerantes ante la crítica, que son intransigentes con los opositores a sus ideas y que tienen muchas similitudes con las huestes que eligieron a Donald Trump.
Durante dieciocho años los defensores del tabasqueños han sido réplica de aquellos que aplaudieron las barbaridades de los sistemas totalitarios de Europa del este del siglo pasado han mostrado oídos sordos y una gran cantidad de descalificaciones gratuitas con aquellos que intentan dialogar con ellos desde la oposición. No importa que tan inteligente sea el interlocutor el sólo mencionar a López Obrador en un entorno de cuestionamiento lo convierte en persona non grata y miembro de ese infierno de todos tan temido llamado PRIAN. Los pejistas, en su mayoría, sin reflexionar refutan de manera inmediata con acusaciones al primer interlocutor, cuando este ni siquiera atacaba solo cuestionaba.
Pero si López Obrador se perfila como la persona más viable a dirigir a México de 2018 a 2024, es momento de pensar seriamente en su trayectoria y expresar nuestras dudas acerca de la capacidad del político tabasqueño para ser un estadista y no sólo otro caprichoso, revanchista y codicioso político mexicano.
López Obrador, visto a la distancia como el hombre que gobernó la CDMX, entonces Distrito Federal, de 2000 a 2005, no puede ser calificado ni con mucho el mejor gobernante que ha tenido la ciudad. Los escándalos de corrupción a lo largo de esos cinco años involucraron al Secretario de Finanzas de la Ciudad y a varios de sus allegados más cercanos como René Bejarano, Carlos Imaz, esposo en ese momento de la actual delegada en Tlalpan por Morena e incondicional de López Obrador; Claudia Scheinbaum. La opacidad que rodeo la construcción del segundo piso del periférico y el blindaje de información que el gobierno de López Obrador hizo con la información referente a esa obra, es uno de los misterios y acciones sospechosas en un hombre que ha presumido a los cuatro vientos ser el representante de la honestidad valiente, lo que sea que esto signifique.
A lo largo de cinco años López Obrador negó las críticas, habló de complots, a una marcha de millones de capitalinos en contra de la inseguridad la descalificó como una marcha de pirruris. López Obrador jamás gobernó para los habitantes del Distrito Federal y en su intolerancia decidió castigar a las delegaciones Benito Juárez y Miguel Hidalgo, promulgando un bando que permite la construcción en ambas delegaciones como represalia por no haber votado por él, ni por delegados perredistas. Ese bando abonó en la voracidad, aun persistente de constructores y miembros del gabinete de los jefes de gobierno, así como de los delegados panistas de Benito Juárez y Panistas y perredistas de Miguel Hidalgo. Ese bando solo ha promovido el hacinamiento que produce falta de agua, de movilidad y la caída en la calidad de vida en ambas delegaciones.
Construyó un segundo piso lleno de problemas y bañado en corrupción y una ciclovía tan mal planeada que al día siguiente de ser inaugurada quedó en el abandono.
Una persona que trabajó con López Obrador durante esos años se expresó de su experiencia de la siguiente manera: Yo creí que iba a trabajar con Felipe González y terminé trabajando para Hugo Chávez.
Sus programas sociales tan cacareados por haber sido copiados por otros partidos solo sirvieron para promover el clientelismo.
Pero han pasado doce años de que Andrés Manuel abandonó los puestos en el gobierno y en su obsesión por ser presidente de México, no ha abandonado todos los vicios que aprendió desde los tiempos en que fue el líder del PRI en Tabasco.
Se sigue rodeando de personas nefastas, golpeadores que lo ayudan a intimidar y a corromper ciudadanos como Martí Bartrés, Ricardo Monreal, Arturo Núñez y ha apoyado y defendido a verdaderos cínicos y hampones de la política mexicana como José Luis Abarca, Ángel Aguirre Rivero y más recientemente Flavino Ríos.
López Obrador se ha dedicado en los últimos meses a levantar acusaciones en contra del ejército mexicano sin poner prueba alguna sobre la mesa que sustente su dicho. Su intolerancia lo ha hecho gritarle y acusar de provocador a uno de los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa, de la misma manera que a lo largo de este siglo ha levantado acusaciones sin pruebas contra opositores políticos y miembros de la sociedad civil que no están de acuerdo con sus posturas.
Para Andrés Manuel López Obrador aquel que no está con él, solo puede estar en su contra y sin más ha sostenido que el país está gobernado con una mafia encabezada por el PRI y el PAN y con la que como hemos visto en las últimas semanas no tiene ningún problema en negociar, como no tiene problema alguno en recibir en su instituto político a gente de todas las ideologías, ligados o no con la corrupción de la mafia en el poder o con el narcotráfico como en el caso de Abarca, con tal de en un momento dado llegar a la presidencia.
Andrés Manuel López Obrador tiene muchas posibilidades, yo diría más que en ninguna de las ocasiones anteriores de gobernar México, porque si en algo tiene razón es que los mexicanos estamos más que hartos de un bipartidismo de rateros cada vez más cínicos. No puede ser que a alguien como Javier Duarte lo sustituya un personaje tan siniestro como Miguel Ángel Yunes, o a Gabino Cué, Alejandro Murat, hijo de uno de los más nefastos gobernadores de Oaxaca; José Murat. Porque si algo es cierto es que millones de mexicanos quieren que López Obrador sea presidente por el espejismo de que la izquierda no puede ser mala, ni traidora, ni corrupta.
Lo cierto es que Andrés Manuel López Obrador demostró que la izquierda puede ser eso y muchas cosas peores más. A él no le importa quien se alíe a su partido, ni cuales sean sus intenciones, como lo demuestra a tanto cínico al que ha levantado el brazo en campaña; Rocardo Monreal por poner un ejemplo, con tal de que lograr ser presidente.
En más de una década de ver a López Obrador en campaña, jamás lo he escuchado como se propone implementar todas las acciones que dice que necesita México. Jamás lo he escuchado estructurar la consecución de sus ideas. Sólo lanza promesas como lo que es y lo único que sabe ser; un candidato.
Pero un hombre sin planes, que acusa a los demás de no ser y no concordar con él, que pacta y se contradice para lograr sus propios objetivos, es algo que ya podemos ver en el vecino país del norte. Por lo mismo debemos exigir a Andrés Manuel que nos diga cómo piensa lograr sacar a México de donde está, pero con planes concretos y estrategias claras y no con su boca de mesías, no con el dedo flamígero con el que sólo gusta de acusar. Con propuestas sólidas y no con vacuas y evasivas respuestas que nunca dicen nada. Con la seriedad del político que dice ser y no con el histrionismo de víctima universal que tanto le gusta.
Si quiere ser presidente porque no intenta convencernos a muchos de que no estamos frente a otro emulo de Donald Trump.

Armando Enríquez Vázquez
@cernicalo.

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